LA RODILLERA
Cuando tenía doce años no sabía mucho sobre fútbol. Pero quería practicarlo. En contra de los planes de mi papá, deseaba dejar el béisbol. Fue a esa edad que participé en mi primer campeonato de futbolito. Lo recuerdo, fue en un sector llamado Campo Elías. Eso queda por La Pastora. Siendo más específico, por Manicomio. Lo recuerdo bien porque esa vez me sucedió algo que marcó mi vida.
Como no sabía casi nada del rey de los deportes, antes que comenzaran los juegos, me puse una rodillera en la pierna derecha. ¿Tenía un problema, me dolía? No, para nada. No sé por qué me la puse. ¿Pantallería?, lo más probable. Los futbolistas no usan rodilleras, a no ser que vayan a estar en la portería. Eso lo supe después. Pues bien, de pronto, en medio de los jugadores y el público aglomerado, veo a un chamo como de mi edad con una rodillera. Pero la tenía puesta en la pierna izquierda. Eso me generó un conflicto: pensé que tenía la rodillera mal puesta. “¿Me la cambio o no me la cambio?”, comencé a dudar. Me preocupaba la gente: todos me estaban viendo, eso pensaba. Los dilemas cuando uno es un niño son de una magnitud importante. Bueno, mi resolución fue dejármela. Asumí la decisión que había tomado. Como se diría ahora, asumí mi barranco. Al final, cuando pude olvidarlo, para mi sorpresa, vi que el chamo se había cambiado la rodillera a la pierna derecha.
No recuerdo cómo jugué, si lo hice mal o bien; si ganamos o perdimos. Lo cierto es que desde entonces, la mayoría de las veces prefiero equivocarme con mis propias decisiones y no con las de otros. No soy bueno complaciendo a la gente en cuanto a lo que quieren o se imaginan para mi vida personal. Ni siquiera con mi familia. Eso sí, por lo general, cuando me equivoco – que ha sido en muchas ocasiones – asumo mi barranco sin echarle la culpa a nadie.



Ya la había leído en tu cuenta de Facebook, la volví a leer por que me gustó mucho.
ResponderEliminarMuy buena.
Gracias, mi pana!
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