MI PADRINO

Mi padrino se llamaba Jesús Díaz. Falleció hace poco. No recuerdo cuando fue la última vez que lo vi. Él fue la pareja de baile de mi mamá en aquellos tiempos en que Celia Cruz cantaba con la Sonora Matancera. Siempre fue un hombre de parranda. Cuando nos visitaba, aunque los años ya se le habían montado en el cuerpo, quería hacernos ver que no dejaba de bailar, de gozar la vida. Una vez se ganó una buena cantidad de dinero, creo que con la lotería. Esa cantidad se la gastó parrandeando. Se le fue con la velocidad del aplauso de un colibrí. ¿Se arrepintió? No. “Si me la vuelvo a ganar, me la vuelvo a gastar”, me dijo con orgullo. En una ocasión, como buen padrino, quiso enseñarme el arte de cómo tener una amante sin ser descubierto. Nunca lo  puse en práctica, pero lo  recuerdo perfectamente. Regla importante, nunca debía estacionar el carro frente a la casa de la amante. Alguien puede reconocer tu carro y comenzar una conversación con tu esposa de esta manera: “Sabes que vi el carro de tu marido frente a la casa de fulanita…” Por eso hay que estacionarse lejos y luego caminar. ¿Quién puede ser ese alguien? Cualquiera. “Alguien” siempre está en todas partes. Otra regla importante – esta me pareció ruda -, nunca hay que caminar al lado de la amante. Tienes que dejar que ella camine diez metros más adelante o diez metros más atrás. De esta manera si alguien te ve, no podrá decirle a tu esposa que te vio con fulanita. Podrá decirle que te vio solo, pero no con fulanita. No soy yo quién como para juzgarlo. Al contrario, su actitud ante la vida, dicharachera, gozosa, a su estilo, es una campanada en mi ventana. En relación a la vida, estoy seguro que en este momento me está diciendo: “Si me la vuelvo a ganar, me la vuelvo a gastar”.

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