SÍ...NO


Henry se salvó porque se hizo el muerto. Eso fue rápido. Se le ocurrió porque hacían unas cuantas semanas que se había inscrito en las clases nuevas de teatro. “Me inscribí porque quería estar cerca de Sonia, no porque quería actuar”, le provocó confesarme. Yo no le pregunté por qué se había inscrito en dichas clases. Estaba divagando cuando hablamos. Pensé que era debido al síndrome postraumático que estaba padeciendo. En cierta medida, lo dejé que se fuese, que divagara. Era la primera sesión, no lo iba a atropellar con preguntas para conducirlo. Lo mejor era que dijera lo que le viniera a la mente, ya después lo iría organizando. Lo cierto es que esa actuación repentina le salvó la vida. Él no estaba consciente de ello. Cuando Arturo, quien era hijo de un militar retirado,  entró y comenzó a disparar en el salón, Henry no recibió ningún disparo, pero al ver que todos caían, él, sin pensarlo, se tiró al suelo. Eso a mí me parecía milagroso. Quise hacérselo ver, pero no me hizo caso. “Nunca pensé que Arturo se iba a volver loco por un chalequeo”, me dijo. “Por un chalequeo, por un chalequeo…”, repitió varias veces con la mirada perdida. Henry no estaba traumatizado por los disparos, por lo que había vivido. Lo estaba porque fue él quien inventó el chalequeo que se regó por todo el liceo. En una exposición sobre los dinosaurios, Arturo se puso nervioso y comenzó a tartamudear. Entonces Henry escribió en un papelito, “Gagosaurio”, y lo pasó al compañero que tenía al lado. Y así se fue regando, hasta que todos en el liceo le decían así. “Arturo nunca se enteró que fui yo. Los mató por mí. Yo los maté a todos cuando escribí ese papelito, ¿verdad?”. Me quedé en blanco con su conclusión. Me fui, divagué mentalmente por unos largos segundos. Cuando reaccioné, le respondí, “Sí…No, perdón, tú no mataste a nadie”.                     

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