LA GRITA Y MI PAPÁ


Desde hace mucho tiempo no celebro mi cumpleaños de forma tradicional. No, hoy no estoy cumpliendo años. No me gustan las felicitaciones ni el ritual de la torta con el cántico respectivo. Las razones no vienen al caso. Lo cierto es que en varias ocasiones busqué un lugar a donde escaparme en la fecha de mi nacimiento. Eso hice en el año 2002. El lugar elegido fue “La Grita”, Estado Táchira. Mi papá estaba viviendo solo por allá. Pensé que era buena idea para estar alejado. Mi relación con mi papá fue una montaña rusa. Por suerte, en aquellos días nos llevábamos bien, yo ya no era tan inmaduro como para rechazar su autoridad.
Al llegar, me dije que había cometido un error. Mi papá se había encargado de hacerme publicidad. Por su calle no quedó nadie sin saber que venía su hijo psicólogo, escritor y que, además, pronto estaría de cumpleaños. Me presentó a un montón de gente. Tenía contacto con una familia numerosa. Para colmo, entre los integrantes, había una chica que precisamente había nacido el mismo día que yo. Y por tal motivo, fue planificada una celebración con bombos y platillos. Estaba atrapado.
La celebración se llevó a cabo en una montaña. Había una churuata donde colocar todo. Hubo mucha gente. Me hicieron una torta. Me cantaron cumpleaños. Me llenaron la cara de torta. Una señora mayor que yo no paraba de tocarme el culo. No, no era que quería tener sexo conmigo; estaba con su marido. La miraba y ella lo que hacía era reírse. Fue un día muy largo. Ya en la noche, sin éxito insistí en preguntarme el porqué había elegido La Grita para pasar mi cumpleaños.
Pues bien, al año siguiente mi papá enfermó. Él no estaba consciente de la gravedad de su enfermedad. “Si no te dializas en una semana estás muerto”, le dijo tajantemente el doctor que lo atendió en la Clínica Luis Razzetti. En aquel tiempo, se estaba quedando por la carretera vieja de La Guaira. La señora con quien vivía me llamó para decirme que no quería comer, que no quería bañarse. Recuerdo que fui a visitarlo sin tener ninguna idea clara de lo que iba a decirle. Me sacudió el verlo tan desaliñado. Nunca se lo había permitido delante de mí. Era una imagen inédita en mi vida. Impactante. Entonces me senté a su lado y le confesé que lo comprendía, que en su lugar yo también haría lo mismo, que me lanzaría al abandono. Mis palabras no fueron una estrategia, fueron mi más honesta manifestación de empatía. Por suerte tuvo un efecto positivo. “Pero yo no quiero lanzarme al abandono”, me dijo. Fue cuando aceptó bañarse, comer y dializarse.
Lastimosamente, mi papá solo duró dos meses dializándose. Falleció el 3 de marzo del año 2003. Se están cumpliendo 16 años. Después de ese evento supe el porqué había elegido La Grita: ese cumpleaños iba a ser el último en que mi papá iba a estar con vida, tenía que pasarla con él, así de sencillo. No, no tengo explicación para lo de la señora y mi culo. “Son vainas”, solía decir mi papá cuando no tenía explicación para algo.                                                               
         

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