MÁS NUNCA




Trabajaba en una fundación de niños en estado de abandono. Me tocó recibir a un jovencito de unos once o doce años. Llegó con su uniforme del colegio, una camisa blanca y un pantalón azul. Sus padres habían fallecido y no tenía ningún familiar con quien quedarse. Era de noche. Estaba muy asustado. Lo puse a que me ayudara a contar algunas cosas de las cuales tenía que hacer un inventario, a ver si se le pasaba un poco el miedo. Eso ayudó más o menos. Pronto lo subí a la habitación donde estaba el resto de la población que estaba a mi cargo. Estaba tan asustado que no quería separarse de mí. Dudo que ese día haya podido dormir.
Al día siguiente, estando en uno de los patios, le escuché preguntarse, “¿Pero por qué son tan agresivos?”, usando un lenguaje de niño educado, aludiendo el comportamiento de todos los demás jóvenes, quienes se trataban entre sí de un modo violento. Una pregunta que ninguno de los muchachos se hacía en la fundación. Lo recuerdo pegado a mí como quien teme hasta del aire. Llegué a pensar que nunca iba dejar de tener miedo. Pero me equivoqué.
Los días fueron pasando y este jovencito se fue adaptando. Ya no necesitaba estar pegado a mí. Hizo amistad. Pasaron los meses y se fugó con otros. Lo volvieron a traer. No sé cuánto tiempo pasó entre su fuga y su regreso. En el segundo recibimiento, era yo quien estaba no asustado pero sí boquiabierto. Era otro niño. Su actitud, su modo de caminar  era la del dueño de la fundación. Me dio la impresión de que no me recordaba. O quizá sí,  a lo mejor era que yo estaba confundido con su mirada tan distinta. Después supe que había estado por La Guaira, que se había quedado por los alrededores de una playa, que había pedido dinero, que había trabajado, que había matado palomas para comer, que había consumido no sé qué cosa, en fin, había vivido experiencia alucinantes para mí. ¿Eran mentiras? Es posible. Lo cierto es que ya el niño de la camisa blanca y pantalón azul había quedado sepultado en el pasado. Un pasado no muy lejano. Obvio, ya no necesitaba estar pegado a mí. Ya el resto de los muchachos no le parecían agresivos, para él era normal el modo cómo se trataban. Es decir,  ya no se haría la misma pregunta sobre la agresividad más nunca. Más nunca.                         

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