ELIKO
Mediodía. Iba en ese inmenso autobús
que trabaja en la línea de Nueva Casarapa. Llegué a Los Cántaros. Le pedí al
chofer me que dejara en la esquina que está al frente de mi edificio. Iba a
entrar al automercado antes de ir a mi apartamento. Son gigantescos los
escalones de ese autobús. Hay que estar pendiente al descender porque sino la
salida puede ser aparatosa. Bajé y me quedé mirando a la persona que iba a
bajarse detrás de mí. Una señora de rasgos asiáticos, quien llevaba un bastón y
unos lentes oscuros. Por sus limitaciones y las características de los
escalones, el ayudante del chofer tuvo que darle una mano. Sentí compasión, me
pareció desvalida, débil. Entonces me ofrecí a acompañarla. Me tomó del brazo y
me dio las gracias. Me dijo que iba para el sector La Siembra. A la mayoría de
los choferes no les gusta llegar hasta La Siembra. Caminamos a su ritmo. Eran
unas 1 o 2 cuadras. Conversamos. Le dije que ahora vivía en Los Cántaros, pero
que antes estuve viviendo en La Siembra. Una mujer se nos acercó. Saludó a la
señora. Se quejó del transporte, de la educación, que todo era culpa de
nosotros. Se fue, se metió al automercado. Curioso y entrometido, quise saber a
qué subía la señora a Caracas. Me dijo que iba a dializarse al Llanito. Me
sorprendí. Por la experiencia con mi papá, sabía que tenía que hacerlo un día
sí y un día no. Y que, además, el proceso de diálisis deja a los pacientes abatidos. Por lo menos a mi papá lo dejaba tumbado. Me interesó saber si
alguien la acompañaba. Me dijo que no, con tranquilidad. Hay que seguir
adelante, agregó. ¿Cuánto tiempo tiene en Venezuela?, indagué. Nací aquí, soy
venezolana, me dijo. Qué pregunta tan torpe, reconocí mi desatino. Le pregunté
por sus padres y me dijo que habían sido japoneses. Eliko, respondió cuando quise
saber su nombre. Mujer lógica, me concedió su significado. Ya estábamos
llegando. Le pregunté si alguien la esperaba. No, vivo sola, me contestó sin
sobresaltos ni lamentos. Hay que seguir adelante, volvió a decir. Me pidió que
la acompañara hasta donde estaba la garita de los vigilantes, me aseguró que
ella podía continuar sin mí. No insistí. Me dio las gracias cuando la dejé. En
ese momento ya me había dado cuenta que me había equivocado, no estaba
desvalida, no era débil. Las apariencias engañan. Los débiles son otros. Acaso
yo soy más débil que Eliko, pero el caminar con ella me otorgó fortaleza, pues
comprendí que sí, hay que seguir adelante.



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