ATRACO FRUSTRADO
Señora, no se mueva, le dije a la mujer que tenía al frente en la cola. Si ella hubiese sido calmada, o cuerda más bien, si no hubiera armado ese alboroto no hubiese pasado nada. Pero no, tenía que comportarse cómo una loca. Debí haberla golpeado. ¡Me están robando!, gritó fuerte porque a lo mejor quería, qué sé yo, que la escucharan en Pekín. Lo que hace la gente para llamar la atención. Fui educado. Le hablé con tono suave. Pero la educación se ha perdido tanto que ya nadie la reconoce. Debí ser más precavido. Rápido tenía a un par de policías apuntándome. Estábamos en un centro comercial. Me paralicé. Primera vez que me pasaba algo así. ¡Arrodíllate! ¡Manos en la nunca!, esos tipos te gritan con mucha agresividad. La gente los aplaudió. Nadie estaba disfrutado más el espectáculo que la señora. Ya no me tenía miedo. Se me acercó envalentonada, sin hacerle caso a los policías. Estos le permitieron que se regodeara. ¿Y ahora a quién le vas a decir que no se mueva?, me preguntó con una risotada. No se mueva, ya la araña le llegó al cuello y la puede picar, la advertí a pesar de las circunstancias. Más bueno no podía ser. Debí dejarla que la mordiera. ¿Araña?, preguntó alarmada. Se sacudió el cuello, la araña cayó al suelo, ella la vio y se desmayó. Los policías comprendieron lo sucedido. Yo no estaba atracando a nadie, ellos lo sabían. Pero igual me llevaron preso porque los aplausos fueron demasiado embriagadores. El desmayo de la señora fue interpretado por el público como un asunto de emoción. ¡Atraco frustrado!, así lo gritaron cuando entraron conmigo en la comandancia. Y bueno, más aplausos…



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