MUNDIAL

Cuando
gané el concurso de autores inéditos en 1999 recibí algunos comentarios, en serio
y en broma, como si fuese a ganar mucho dinero e irme del país. “¡Ahora vas a
ser millonario!” “¡No nos olvides!” “Yo me conformo con un carro”. “Tienes que
irte para México”, esto último me lo recomendó un profesor, de apellido
Lombardo, que me daba psicología experimental. Tuve mis dudas en relación a mi
futuro. ¿Será?, me pregunté algunas veces sin entusiasmo. Nunca me lo creí.
Tenía claro que solo se trataba de un libro.
A
propósito de los comentarios, se me ocurrió preguntarle, bromeando, a mi mamá
que qué quería. Mi verdadero tesoro es el repertorio de conversaciones que he
tenido con mi mamá. “Lo que yo quiero, tú no me lo puedes dar: salud”, me dijo.
Pregunté bromeando, ella me respondió seriamente. Siempre me había tomado con
seriedad la salud de mi mamá, pero después de esa respuesta, asumí que era más importante
que mi propia respiración.
Desafortunadamente
tenía razón. No me hice millonario. Los pagos que recibía por las ventas eran ínfimos,
económicamente hablando. Era obvio que no podía vivir de la escritura. Pero era
feliz por el solo hecho de tener una novela publicada. La primera novela que se
me ocurría, que escribí solo para mostrársela a mis amistades, ahora, de
pronto, estaba en los estantes de algunas librerías. Emocionalmente hablando, lo
que recibía era inconmensurable. Cada
pago que recibía era muy significativo. Mis
primeros pagos por la escritura. Por lo significativos que eran, siempre los
compartí con la magia, mi señora Eloina, la madre. Su sonrisa cada vez que
comparto algo con ella es, como dice mi hermano, ¡mundial!
Por
las vueltas que ha dado la vida, en este momento estoy viviendo, económicamente,
de la escritura. No como hubiese querido, pero está bien, no me quejo. Clientes
me contratan, les escribo y me pagan. En su momento viví de la psicología. Esto
ahora, con el sueldo que gano, es imposible. Recientemente recibí un pago. Un
pago por una película de terror que estoy escribiendo. Mi mamá se enteró de ese
pago. Si les preguntara qué fue lo que me pidió, estoy seguro que no adivinarían.
Me pidió una barquilla de fresa. Nunca he comprado una barquilla con tanta felicidad.
Nunca. No le di la salud que ella quisiera. Lo sé. Pero, créanme, fue feliz cuando se comía su
barquilla de fresa. Y, para mí, verla fue mundial.


Hermoso relato.
ResponderEliminarGracias, Sandra. Abrazote.
Eliminar