NUESTRA CUARENTENA
En
mi sector se pusieron rigurosos con la cuarentena. Desde que la anunciaron en
cadena nacional, no dejan salir a casi nadie. El motivo: tenemos cerca el
destacamento 51 de la guardia nacional. Quien lo comanda, el teniente Leonardo Hernández,
lo que quiere es figurar. Es sabido, se cree el dueño de la urbanización. Tiene
la excusa perfecta para cumplir tal fantasía. Esto no es una cuarentena, es un
secuestro. Pero no me voy a meter en el terreno político. ¿Cómo ha sido la
cuarentana de ustedes? La nuestra ha sido una locura. Lo que vivimos no
tiene nombre. Les cuento.
Cuando los militares anunciaron por
parlante que no podía salir nadie, a mi esposa Nora y a mí nos estaban robando.
Sí, en ese preciso instante teníamos a un hampón en el apartamento. Ya estaba
listo para irse el susodicho, estaba agarrando la manija de la puerta, cuando
soltaron el llamado. Yo no me puedo ir a así, dijo de golpe. Nora y yo estamos
amordazados en la sala. Acto seguido, nos desató, nos explicó que tenía que
quedarse, como si nos estuviese pidiendo permiso. Nos pidió disculpas. Nos
devolvió las prendas de oro que habíamos adquirido, cuando se podía, para los
momentos difíciles. En fin, el dueño de lo ajeno, así de la nada, cambió
abruptamente. No le asustaron los militares, sino el virus.
No
te puedes quedar, le reclamé. Le dolió. ¿Qué quieres, que me infecte?, ¡yo
tengo hijos!, se quejó, sensibilizado. Ese no es problema mío, vociferé. ¡Qué
inhumano!, me enjuició. No me importaron sus palabras, de verdad. Las que sí me
hirieron fueron las de Nora: ¡Sí, Eduardo, qué inhumano eres! ¡Tiene hijos! A
partir de ahí se le salió la rueda a la bicicleta. No veníamos bien, peleábamos
constantemente, nos llevábamos la contraria por cualquier tontería. A
regañadientes tuve que aceptar que se quedara. ¿Qué más podía hacer?, el tipo
estaba armado y, además, Nora estaba de acuerdo porque y que era un padre de
familia. Qué hijos iba a estar teniendo ese bicho.
¿Dónde
voy a dormir?, preguntó al rato el hijo de su madre, así de lo más manso. En
unas horas se había convertido en un familiar que estaba de visita. Yo gruñí.
Relájate, me restregó Nora. Si quieres duerme con mi esposa, desembuché la
ironía. Nora me dio un codazo por las costillas. Tenemos que respetarnos si
vamos a vivir juntos, sugirió el delincuente. Le ofrecí el cuarto pequeño. Nuestro
apartamento es de dos habitaciones. Nora quiso arreglarlo antes porque le daba
pena con la visita. Hay que limpiarlo primero. Además, el sócate del bombillo
no sirve. Ella siempre ha sido así, tan anfitriona. Fue cuando el recién
llegado se ofreció para arreglar el sócate. Y comenzó con su despliegue.
Los
siguientes días, arregló todo lo que estaba dañado el muy maldito. Arregló la
llave de la regadera, la canilla del lavamanos que estaba goteando; el
ventilador, con solo limpiarle el motor comenzó a funcionar; el bombillo del horno,
un enchufe de la cocina, la puerta de uno de los gabinete que estaba medio suelta.
Hasta arregló la lámpara que Nora usaba para leer en las noches. Ese arreglo me
dolió porque ella me lo echó en cara. ¡Él siempre ha tenido esa caja de
herramientas no sé para qué!, puso la denuncia ante la nueva autoridad del hogar.
¡Yo soy escritor, no soy electricista!, me defendí. ¡Un escritor que nunca
recuerda nuestro aniversario de bodas; que siempre olvida mi cumpleaños…! Se
iba a explayar en su ataque preferido, que por lo general iba dirigido a mi
mala memoria, pero la visita la detuvo.
Esa
noche nos acostamos hirviendo de rabia. No por esa pelea, sino porque el
delincuente argumentó que debía dormir en medio de nosotros para evitar una
desgracia. Han aumentado los casos en los que, después de una pelea, el hombre
mata a la mujer y después éste se pega un tiro, nos advirtió.
¿Qué
más les puedo contar? Estaba que echaba chispas. Al principio, la cuarentena
fue un golpe tras otro para mí. El huésped puso el router en un lugar en donde
tenía mayor alcance. Le dio clases de cocina a Nora con los pocos suministros
que nos quedaban. Le enseñó unos ejercicios de yoga que le mejoraron la espalda.
¿Cuándo Nora se había levantado cantando? ¡Nunca! Tú me acostumbraste a todas esas cosas. Y tú me enseñaste que son
maravillosas. Sutil llegaste a mí
como la tentación… Cuando la escuché entonar así, me jodí, me dije.
Pues bien, Nora buscó una excusa para correrme
del cuarto. Se venía venir. Lo repito, ya estábamos mal. Desde hacía rato el
deseo nos había abandonado. ¡Tú no me valoras!, me gritó. El delincuente se
aprovechó para ganar terreno. Se convirtió en el mejor de los caballeros:
multiplicó las atenciones. Mi esposa parecía una adolescente ilusionada. El
desgraciado también. Uno de los momentos más difíciles fue cuando este último
me pidió ayuda con el cortejo. Estábamos en el cuarto pequeño. Me puedes escribir
algo bien bonito para dárselo a ya tú sabes, me dijo. ¿Cómo es la vaina?, le
repliqué. ¿Tú no eres escritor, pues?, se quejó. Soy escritor, pero…No terminé porque
me mostró el arma. Algo bien, pero bien bonito le voy a escribir a ya tú sabes,
me tocó cambiar la frase. Tú me dictas y yo escribo, para que crea que yo se lo
escribí. ¿Estás de acuerdo?, preguntó. Totalmente, le dije. “A un hombre con un
arma nunca hay que llevarle la contraria”, Simón Bolívar. Me preguntó si tenía
colonia. Le dije que no. Me dijo que por esos detalles había perdido a ya tú
sabes. Lamentó no poder salir para comprar unas flores. Intentó ponerse mis
zapatos de gamuza; no pudo, tenía la pata muy grande. Lo que sí le quedó fue mi
chaqueta de cuero. Todo un galán.
Cuando
estuvo listo, que se fue al cuarto donde lo esperaba ya ustedes saben, Nora, mi
esposa, la mujer de mi vida, me puse a llorar. No es muy varonil admitirlo,
pero esa es la verdad. Hasta me asomé a la ventana a ver si se me pegaba el
virus y así poder morir de una vez. Pero me repuse. Saqué fuerzas y tomé el
libro Los miserables, de Víctor Hugo. Es la obra que me hizo escritor. Siempre
lo retomo para encontrar calma. Cada quien tiene su salvavidas.
De
pronto escucho que se están peleando. Me asomo y el delincuente sale expulsado de
la habitación. Lo miré con cara de interrogante. Se dio cuenta que esto no lo
escribí yo, me confesó con el papel en la mano. Sí, a Nora no le gusta que le
mientan, le dije. Tú sabías que ella iba a reconocer este escrito, ¿no?, me
acusó. Fue lo que le escribí cuando nos casamos, le confesé con el alma en vilo.
Debería matarte de una, me amenazó. Tragué grueso. Mi vida completa pasó por mi
mente en un santiamén. Cerré los ojos. Me tomó por el cuello y sentí el frio
cañón del arma en mi frente. Entonces escuché un golpe fuerte y un grito seco.
Nora había golpeado en la cabeza al galán con su lámpara. Te acordaste de lo
que me escribiste cuando nos casamos, me dijo mi esposa con una voz dulce. Tengo
mala memoria, pero eso nunca lo olvidaré, le respondí. Nos besamos
desaforadamente. Nos desnudamos. Hubiésemos hecho el amor si no es porque el
hampón, ya recuperado, nos apunta con el arma.
Y
volvimos al principio. Nos ató. Nos volvió a quitar las prendas. No me gusta estar
donde no me quieren, dijo mirando a Nora. Abrió la puerta y se fue. Qué bueno
que no se vengó. Nos reímos Nora y yo con los trapos callando nuestras bocas.
Nos desatamos como pudimos, tardamos unos minutos. La situación nos excitó de
sobremanera. Ya estábamos desnudos, había que aprovecharlo. Necesitábamos una
vivencia así para que volviera el deseo. Estábamos a punto de sumergirnos el
uno en el otro, cuando tocaron el timbre. Nos asustamos. Tocaron varias veces.
Nos asomamos por el ojo mágico. Eran un par de militares con el ladrón.
Resultó
ser que el susodicho se había ido sin tapaboca, levantó sospechas y los
castrenses lo detuvieron. El delincuente argumentó que necesitaba unas medicinas
e iba a ver si las podía comprar con las prendas que le habíamos dado nosotros.
Lo trajeron para verificar. ¿Este ciudadano dice la verdad?, nos preguntó el
militar a cargo. Pensé en Jean Valjean.
Quise congraciarme con Víctor Hugo. Y también con Nora, quien había dicho que
era un padre de familia. Yo iba a decir que sí para que lo liberaran. Pero mi querida esposa lo denunció. Y, ¿qué
les puedo decir?, no quise llevarle la contraria.
Nuestra
cuarentena ha sido increíble. Perdonen si les cuento algo íntimo: de vez cuando
me hago pasar como un ladrón y hacemos el amor de un modo salvaje. ¿Cómo ha
sido la cuarentena de ustedes?



Encantador, mi Rafa, los cautiverios nos transforman, para bien o para mal. Disfrute mucho el relato. Que alegría me has dado. Besos.
ResponderEliminarQué sabroso que me leas y que comentes, mi Laura. Te quiero. Abrazote apretado.
EliminarMuy bueno ese cuento. Con tu permiso, y tu derecho de autor, lo voy a difundir entre mis amigos.
ResponderEliminarExcelente. Gracias. Luz verde. Abrazo.
EliminarDemasiado maravillosa está lectura. Gracias Luis Gainza por compartirla.
ResponderEliminarLa disfruté y me hizo reír. Tanta certeza con tanto humor.
La cuarentena, una gran lección para muchos.
Un gran abrazo
Me alegra que te haya gustado el cuento. Si lo compartes, te lo agradecería. Abrazo.
EliminarQué bueno que te haya gustado. Si lo compartes, te lo agradecería. Un abrazo.
Eliminar❤️
ResponderEliminarExcelente cuento en tiempos de cuarentena! Digno de una obra de teatros!
ResponderEliminarFino, mi pana. Gracias.
EliminarExcelente hermano, brutal. Todavía estoy emocionado!! Eres muy bueno..
ResponderEliminarGracias, mi pana. Un fuerte abrazo. Cuídate y cuida a tu gente. Salud.
EliminarExcelente mi pana, nunca llevarle la contraria a la esposa!
ResponderEliminarGracias, mi pana. Un abrazo fuerte. Cuídate.
EliminarInteresante el cuento, pero es verdad?
ResponderEliminarNo, Maricer, es ficción. Pero la ficción siempre tiene muchas verdades. Gracias por leerlo. Te agradecería si lo compartes. Abrazo.
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