LOS INSULTOS Y LAS GROSERÍAS



Estaba haciendo ejercicios en la calle, mi caminata de costumbre, cuando sentí varias veces la vibración de mi teléfono. No quería responder, pero sabía que era Nora. A ella le irritaba que no le respondiera rápido sus mensajes. Después de quedar  embarazada, le entraba el demonio cuando se quedaba sola mucho tiempo. ¿Para qué te compraste ese celular inteligente?, me gritaba con una voz ajena; después venían los insultos y las groserías. Yo optaba por la disculpa y el silencio, esa es la mejor estrategia para hacer que una discusión se termine sin haber comenzado. En fin, estaba en mi caminata, sentí el celular y, porque sabía que era Nora, cometí el error de responder en plena calle. No pasaron ni diez segundos, cuando me abordó un ladrón. Tenía la mano bajo de su chaqueta. Me asusté. Sí, soy un miedoso. Buenas tardes, disculpa, compadre, el teléfono; no es personal, me dijo con amabilidad. No puse resistencia, se lo entregué de inmediato. Cosa extraña, el susodicho me cayó bien. Parecía como si lo conociera de toda la vida. Todo perfecto, pero pronto me preocupé porque iba a tardar en responderle el mensaje a Nora. Compadre, antes de irte podrías, por favor, responderle a mi esposa, le dije con la misma gentileza. También  lo llamé compadre, me había trasmitido confianza; lo hice sin pensar. Y sí, a él también le pasó igual que a mí: le caí bien. ¿Qué le respondo?, me preguntó preocupado. Le dije que le escribiera que me disculpaba por no responderle rápido, que no se angustiara, que iba a llegar en veinte minutos. No, escríbele la verdad, me aconsejó mi compadre. Me sentí apenado por su sinceridad. Quedé como un mentiroso. ¿Y cuál es la verdad?, expuse mi duda. Es mejor escribirle que te están robando, así va a saber que no le vas a poder responder más, me dijo. ¿Estás seguro?, le pregunté. La verdad, por más dura que sea, es lo mejor para los matrimonios. La mentira acabó con el mío, agregó. Estuve de acuerdo con su argumento. Me están robando, le escribió, fue breve. Nos dimos la mano. Le di las gracias. Se iba a ir, pero Nora respondió de inmediato: Esa es la mentira más miserable que se te ha ocurrido. ¿Tú crees que yo soy una estúpida? Sé un hombre, di que no me quieres responder, malnacido. Sí, el pana me dejó leer el mensaje de mi señora. Yo lo iba a dejar así, pero él quiso enmendar la cosa. ¿Cómo se llama tu esposa?, me preguntó antes escribir. Nora, le respondí. Nora, tu esposo dice la verdad, le estoy robando su celular con un arma, ya no te va a responder más, le escribió. ¡HIJO DE PUTA!, llegó la grosería como un rayo, en mayúsculas. Me dio pena. Está embarazada, no vayas a pensar que ella siempre es así, la defendí. Cómo que no me creyó, ¿no?, me dijo el nuevo dueño del celular. Bueno, no me creyó a mí; acuérdate que ella cree que soy yo quien le está escribiendo, argumenté. ¿Qué te parece si le mando un audio?, me sugirió; se le veía que estaba avergonzado. Sí, eso servirá, le respondí. Nora, soy el ladrón. Tu esposo te dice la verdad. Te voy a dar un consejo: no debes ofenderlo delante de nadie. Y no uses ese lenguaje, eso no te deja bien parada como mujer. ¿Quedó bien?, me preguntó. Excelente, le dije. La respuesta de Nora, en audio, no se hizo esperar: Mira, remaldito, deja que llegues a la casa. Me dijiste que ibas a hacer ejercicio y te fuiste a ver con uno de tus amigotes. ¿Quién es ese, José Luis? ¿Están consumiendo? Dile que ojalá se muera y que como influencer es una mierda. Yo estaba sumamente avergonzado. Le pedí a mi compadre que lo dejara así, que se fuera. Pero él insistió en buscarle una solución al asunto. No quería que a mi matrimonio le pasara lo mismo que le había pasado al suyo. Fue entonces cuando me propuso que nos tomáramos un selfie para que Nora viera que él no era José Luis. Me pareció buena idea. La autofoto quedó bien. La tomó él. Se veía que era bueno para eso. No, Nora no se convenció. Pidió que le tomara una foto al arma. Me pareció una justa evidencia. Pero no dio tiempo para eso. No habíamos terminado de leer el último mensaje de Nora, cuando llegaron dos tipos en una moto. Esos si no tuvieron reparo en enseñar su armamento. El celular, dijo el copiloto, breve, fue al grano. Mi compadre se lo dio y se fueron. Me le quedé mirando. ¿Y tu arma?, le pregunté. Perdona por haberte mentido, compadre, no tengo arma, me respondió, levantándose la chaqueta para mostrarme. No pasa nada, le dije. Sí, soy un tipo comprensivo. Después supe que se llamaba Leonardo, y al saberlo le dije la famosa frase de Casa Blanca: Leo, presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad. Un año después, nos hicimos compadres formalmente: se convirtió en el padrino de mi primogénito. Nunca le contamos la verdad completa a Nora. Ya Leo no estaba en contra de la mentira en el matrimonio. Mi Nora todavía no cree que el celular me lo robaron unos motorizados. Asume que me deshice del teléfono para no responderle sus mensajes. ¡Seguro se lo diste a José Luis! ¡A ese bicho no lo quiero en esta casa más nunca!, dice siempre que se acuerda. Aunque ya no está embarazada, aun le entra el demonio, me grita, me insulta y me dice groserías.                              


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas populares