¿QUIEREN CONOCER LOS DETALLES?
Vicente es policía. Yo quiero ser escritor. Somos hermanos, pero nos llevamos mal. Él dice que los escritores son unos vagos. Yo digo que los policías son unos corruptos. Él es insoportablemente agresivo. Yo siempre le he huido a la violencia. Aún no me perdona por la paliza que me dieron cuando tenía ocho años. Mi verdugo se llamaba Arturo, tenía siete. Fue en la calle, frente a la casa, lo vio la cuadra entera. Todo por una pelota. En fin, desde la mirada de mi hermano, fue una verdadera vergüenza.
A Vicente le hubiese gustado que me dedicara a una profesión, según él, seria. Desde joven le tocó encargarse de mí cuando los viejos fallecieron. Asumió el rol de protector, no el de hermano. A mis padres los asesinaron: le iban a robar el carro a papá, mamá se negó, puso resistencia y le dispararon a los dos. Vicente tenía diecisiete años y yo diez cuando quedamos huérfanos. Por eso él se hizo policía. Por eso yo nunca he sabido qué hacer con mi vida. Por suerte, me gané uno de los premios más prestigiosos de novela del país. Entonces comencé a respetarme, a creer que sí podía ser escritor. Para celebrarlo, Ana, mi inestable amiga, me invitó a su apartamento; me ofreció una reunión de homenaje. Fui con mi compadre Andrés, no me apetecía ir solo; me llevó en su taxi.
Además del agasajo, Ana quería presentarme a su novio. Este sí es mi amor eterno, me había dicho por teléfono. Era el quinto en tres meses. Nunca me dio detalles del porqué los otros desaparecieron de su vida sin dejar rastros. Hacía días estaba insistiendo en que lo conociera, pero me había negado. El motivo: tuve problemas con los anteriores. Todos se enredaban con el hecho de que un hombre y una mujer fuesen amigos.
Rubén, el novio, para variar, era un inseguro; me tenía bronca antes de conocerme. Tú eres y que el escritor, me dijo, burlón, cuando me estrechó la mano. Al ver la mirada recriminadora de su novia, agregó: Es joda. No le dije nada. Esta noche va a ser larga, vaticiné en silencio. Fue un error haber aceptado la invitación. Pero no tenía otra alternativa; Ana, aunque estaba loca, era mi amiga del alma y me había apoyado con todos mis escritos de un modo incuantificable.
Había unas quince personas. No conocía a nadie. Dos horas después, medio borracho, el susodicho me acusó de engreído y de querer quitarle a su novia. Otro más, pensé. Me voy, le dije a Ana, sin titubeos, no esperé mucho. No estaba para los arrebatos de un macho ofendido. Ella, apenada, no sabía qué decirme. ¿No somos lo suficientemente intelectuales para ti, escritor?, me interrogó el aliento de Rubén en la puerta. Ana quiso detenerlo, le dijo que me dejara tranquilo. Esa defensa lo molestó más; de golpe sacó un arma de su espalda y me la puso en la frente. No puedo negarlo, me asusté como pocas veces en mi vida. Ana se quedó en blanco. El silencio se comió las bocas de los presentes. ¿Te crees más que los demás porque escribiste un pedazo de libro?, escuché con dificultad la pregunta de mi inquisidor. En un parpadeo, la película completa de mi vida se exhibió en mi mente. No, balbuceé mientras se me salían las lágrimas. Escuché la voz de mi mamá nombrándome en la distancia: Eduardo. ¡Ah!, te cagaste, ¿no?, dijo Rubén cinco siglos después y soltó la carcajada. Es joda, agregó. El corazón se me iba a salir por la boca. Temblaba. Me recuperé y, cuando Ana se descuidó, me fui.
Lo que sucedió luego me lo contó Andrés. Media hora después llegó Vicente en una patrulla y con dos policías. Entró solo. Iba uniformado. Ana pensó que había llegado por la celebración; ella lo había invitado. Según como lo cuenta Andrés, quien siempre ha sido exagerado para todo, Rubén se orinó los pantalones cuando supo que yo tenía un hermano policía. No creo lo de los pantalones, pero sí creo que se haya asustado porque Vicente mete miedo de solo verlo. Salió a mi papá: es un negro de uno noventa con una espalda y unos brazos del demonio. Andrés le había enviado un video de lo sucedido. Por eso mi compadre no se había venido conmigo, quiso esperarlo.
Vicente sin miramientos se le paró en frente a Rubén. El libro de mi hermano es como si lo hubiese escrito yo. Sácame tu arma pues, le dijo, botando fuego por la nariz. Era joda, apenas masculló Rubén. ¡Ana!, gritó pidiendo auxilio. Mi amiga intentó arreglar las cosas con Vicente, pero este estaba enceguecido. Acaso ella también quería que su pareja recibiera un escarmiento.
Iba caminando por la avenida, herido de rabia, rumbo a donde vivía alquilado, cuando un taxi se estacionó cerca de mí. Era Andrés con Ana. Vicente se llevó a Rubén, me dijo Ana sollozando. Luego Andrés me explicó lo del video y lo que había ocurrido. Ana me pidió perdón. ¿Por qué me persiguen los novios locos, Dios mío?, vociferó.
Llamé a mi hermano. Vicente, ¿qué vas a hacer con ese tipo?, le pregunté cuando me atendió. No le voy a hacer nada, me respondió. Suéltalo entonces, le pedí. Pero antes que le dé una buena coñiza, sugirió Ana; nunca había escrito esa palabra. ¿No te quieres vengar?, me preguntó Vicente. Hice silencio. Si te quieres vengar, ven a donde tú sabes que tienes una deuda conmigo, añadió y me colgó. ¿Qué le va a hacer?, me preguntó Andrés. ¿Dónde lo tiene?, quiso saber Ana. Vamos al barrio, les dije. ¿Al barrio?, preguntaron los dos en una sola voz.
Tuve la certeza de que Vicente lo había llevado a la misma cuadra donde Arturo me había dado la golpiza. Lo sabía, esa era la deuda. Siempre había querido borrar aquella vergüenza y se creó una absurda oportunidad para lograrlo.
Hacía tiempo que los tres no andábamos juntos en la misma aventura, dijo Ana en el camino, con la emoción de una niña. Andrés, ella y yo éramos amigos desde el colegio. Insuperables las locuras que Ana llegó a cometer junto a nosotros. Sin agregar detalles de cómo terminó, es memorable aquella vez en que se desnudó en plena cola de la Cota mil a las cinco de la tarde. Sin novio era más divertida, definitivamente.
Eran las tres de la madrugada. No había nadie en la cuadra. Hacía unos cuantos años que no pisaba el barrio; había huido de él por asuntos que no vienen al caso. Vicente, junto con los dos policías, me estaba esperando con Rubén. Nos bajamos los tres del taxi. Déjalo ir, le dije. La vida te está dando otra oportunidad. Su segundo nombre es Arturo, ¿qué te parece?, me replicó mi hermano. Déjalo ir, repetí. Rómpele la cara, me azuzó Andrés. Sí, dale una coñiza para que aprenda, completó Ana. Parecía como si no me conocieran. No voy a pelear, aseguré. Vicente suspiró con impaciencia. Te puso un arma en la cabeza, argumentó Andrés. Saboteó tu homenaje, agregó Ana. No voy a pelear, insistí. Es una gallinita el escritor, se burló Rubén, y ahí fue cuando me encendí. El orgullo es mal consejero. Y me dispuse a darme unos golpes con el malnacido. Todos lo celebraron.
Yo no sé qué te ve esta puta, volvió a soltar la lengua Rubén en el preámbulo, esta vez para ofender a Ana. Al cabo de unos treinta segundos, se escuchó un disparo. Eduardo, oí la voz de mi mamá en la lejanía. Rubén cayó. De su sien saltó un chorro de sangre. Ana le había disparado en la cabeza. ¡Puta será tu madre!, le decía, después de soltar el arma de su exnovio, mientras le daba patadas en el suelo. Los dos policías fueron los que la detuvieron. Nadie salió porque un disparo en el barrio seguía siendo parte del ruido ambiental. El planeta dejó de girar. Primera vez que veía de cerca el asesinato de una persona. Ana estaba tranquila, como si nada. Andrés no me miraba; no sé él pero yo estaba en shock. Yo me encargo, váyanse, nos dijo Vicente a los tres. Este vino a comprar drogas al barrio y lo mataron, añadió. Mi hermano es un policía corrupto, eso es algo que no me enorgullece. Aún me quedaba la deuda.
Nos montamos en el taxi; me metí en la parte de atrás con dificultad. Aún el disparo, la sangre y las patadas de Ana me tenían impresionado. Sabía que tenía que decir algo, pero no coordinaba mi lengua con mi pensamiento. Otra vez sin novio, Ana se me adelantó cuando salimos del barrio. ¡Asesinaste a un hombre!, la acusé. Lo dices como si se fuese a acabar el mundo, mijito. Para que lo sepan, este es el primero que mato con un arma. Los otros los mandé al infierno de otra manera. ¿Quieren saber los detalles?, nos preguntó, y en ese siniestro instante Andrés me miró por el retrovisor.



Qué buen relato! De principio a fin en suspenso!
ResponderEliminarQué fino, mi pana.
EliminarTe sacude, viví el asombro e impacto del personaje todo el tiempo. Lo mas aterrador, es que podría ser fácilmente una crónica caraqueña.
ResponderEliminarExacto. No hay que ir muy lejos. Caracas tiene de todo. Abrazo, Sandra.
Eliminar